Nelson Montero, protagonista de Volver a morir, es un detective privado de origen cubano, con residencia en Miami, de unos 45 a 50 años, uno arriba, uno abajo. Ni alto, ni bajo, ni gordo, ni flaco, pelo castaño y ojos café, es simplemente anodino. En los últimos años ha echado un poco de barriga debido a su excesiva afición a la cerveza fresquita. Gracias a Dios, conserva todo su pelo, cosa que muy pocos pueden decir a su edad.
Tiene algunas canas, pero no excesivas. Está pensando retomar alguna actividad física pero no encuentra la apropiada. De joven jugaba al fútbol en la liga de su barrio y aunque siempre perdían, se mantenía en forma. Quizás le pruebe el boxeo. Una actividad que además le viene bien para su profesión. No pega mucho, pero esquiva bastante bien, resultado de sus experiencias infantiles en las que era el objeto de burlas de los matones del patio de la escuela.
Su aspecto físico irrelevante es una de sus mayores cualidades y la que más le ha ayudado en su profesión de detective. Puede disfrazarse de lo que sea y representar el papel con total veracidad. Si a ello unimos su capacidad de chapurrear varios idiomas, y sobre todo, hablar inglés con “acentos”, Nelson puede pasar por cubano, mexicano, argentino, español-andaluz, moro de chilaba o jeque hortera, libanés y hasta judío mediterráneo.
Nelson nació y se crió en Hialeah, un barrio muy modesto de Miami. Su madre era de origen cubano (ya fallecida) y deduce que su padre era cubano por los comentarios de su madre, sobre el “comemierda” compatriota que colocó el espermatozoide en su lugar correcto y acto seguido se desvaneció.
Nelson pasó una infancia solitaria como hijo único y una madre trabajando dos trabajos para darle malamente de comer. En el colegio era objeto de las burlas de los matones de patio. Solo y sin dinero para juguetes, Nelson comenzó a fabricárselos. Recorría calles y basureros en busca de piezas de deshecho no perecederas, tuercas, tornillos, ruedecitas, chapas de botellas, plásticos, alambres y fabricaba artilugios que comenzó a vender en el high school con gran éxito. En una de sus correrías, le atacó un perro callejero al que despachó atizándole un botellazo con un casco de botella vacío que encontró a mano. Resultó ser de cerveza Miller, desde entonces su favorita por haberle salvado la vida.
Los primeros ingresos conseguidos con sus aparatos caseros, le permitieron adquirir pilas y luces de navidad para mejorarlos y sus ingresos mejoraron una barbaridad. Todavía conserva un “best seller” de la época: una instalación con un condón que al inflarse y desinflarse produce un ruido de pedo.
Ahorró y se pagó los estudios de electrónica, para los que estaba dotado. Allí conoció a su primera esposa, Ana Rosa Palacios, la única mujer que estudiaba electrónica en su curso, bella como una princesa y con un cerebro privilegiado. Se enamoró, la persiguió por tierra, mar y aire y se casaron.
Nelson se colocó como vendedor en la tienda Spy World y Ana Rosa en el equipo de seguridad de un banco local. Ana Rosa comenzó a subir como la espuma y le conminó a dejar su trabajito. Nelson lo intentó y se sacó la licencia de detective privado porque lo suyo no era lamerle las botas a los pejes gordos. Lo intentó a su manera pero los inicios no fueron nada alagüeños.
Unos años después Ana Rosa le presentó los papeles del divorcio, se traslado a Dallas para convertirse en la jefa de seguridad nacional para el banco en el que trabajaba y se casó con un alto directivo del mismo.
Nelson, probó suerte con una secretaria bandera unos años después pero no funcionó. Todo le recordaba a Ana Rosa. No olía igual, no sabía igual. Se divorció y ahí terminaron sus intrusiones del corazón. Ahora entra y sale, sin dolor, sin sentimientos. Se las arregla con varias amigas cachondas, algún mango de ocasión y Flor Sandoval, divorciada propietaria de un restaurante modesto en la Calle 8.
Tiene como compañero de piso a Artoo, una reproducción de R2 D2, el robot de la Guerra de las Galaxias, su película favorita. La saga de esta serie, es el único DVD que adorna su apartamento. Al adquirir a Artoo comenzó a modificarlo, mejorándolo en todos los sentidos. Ahora Artoo tiene programa de reconocimiento de voz, canta que ni Plácido Domingo y, tras montarle los circuitos de una aspiradora Roomba, circula por el apartamento tirándose pedos, contando chistes oxidados, eructando y riéndose al buen tun tun.
Su única “amistad” es el hacker Teo Osorio, su compañero de aventuras, con el que comparte una amistad muy masculina, de esas que existen pero nadie quiere reconocer, y un buen ron cuando se sientan a trabajar y debatir algún caso conjunto.
La doña que le ha contratado para resolver el caso que tiene entre manos, el oscuro pasado de su marido, llamada Genoveva Rocamador, le ha despertado sus demonios del pasado. Le recuerda a Ana Rosa, su risa, su manera de ser y hasta su olor. Nelson lucha contra sus instintos porque, como muy bien se dice a sí mismo: “a un perro, aunque sea danés, lo capan sólo una vez”.
Tiene un despacho cutre en un centro comercial cutre en la Calle 8, junto a una lavandería. Casi nunca lo limpia, aunque utiliza el ambientador para, por lo menos perfumarlo, las escasas veces que lo visita. Como ha tenido varios registros oficiales y no tan oficiales, sólo guarda papeles irrelevantes y facturas sin pagar en esta oficina. Los informes de la clientela los coloca detrás de una pila de gomas, en el garaje de un amigo que repara autos, al que accede saliendo por una puerta trasera de la cocinita de su despacho, camuflada tras una estantería llena de cacharrería.
Y, por supuesto, Nelson Montero, no descansa hasta descubrir las claves del misterio que relata Volver a morir, la primera aventura de este detective muy tropical.